Críticas: Cazafantasmas

Críticas: Cazafantasmas

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Cazafantasmas

Cada vez que leo a un machista en internet argumentando que Cazafantasmas (2016) va a arruinar su infancia recuerdo una imagen. Es una foto. Mi amiga Lori y yo de adolescentes, en el salón del manga de Granada, vestidas como Venkman y Stantz.

Fue un cosplay barato. Pintamos pistolas de agua de negro con spray y llevamos camisetas oscuras a las que les pusimos una placa de identificación. Además de barato, también fue divertido.

Con esto, lo que quiero decir es que tanto Lori como yo, dos chicas nacidas varios años después del estreno de la cinta, no tuvimos ningún problema para identificarnos y pasar un buen rato a costa de ella. No tuvimos dificultades para entenderla, y no es que seamos más capaces o más empáticas. Supongo que es que estamos acostumbradas. La mayoría de cintas que nos gustaban por aquel entonces estaban protagonizadas por hombres.

Cuento esto porque este recuerdo ha estado muy presente en mi cabeza a la hora de enfrentarme al visionado de Cazafantasmas. Porque he ido a verla intentando comprobar si este es uno de esos reboots que, efectivamente, destrozan tu infancia o si es algo que los misóginos argumentan para tapar el hecho de que odian ver a una protagonista mujer. Al fin y al cabo, la original no forma sólo parte de la infancia de hombres llorones cercanos a los cuarenta, sino también de la mía. Esta nueva entrega no ha hecho sino mejorar el recuerdo.

Siendo honestos, hay que admitir que Los Cazafantasmas (1984) no ha envejecido demasiado bien. Lo mejor en la cinta sigue siendo su premisa, sólida y original, y un reparto lleno de humoristas de carrera con licencia para improvisar. Sin embargo, es evidente que el ritmo de la cinta hace aguas debido a un guión mucho más preocupado en explotar a sus actores principales que en contar una historia con un mínimo de significado.

Todo esto, lo bueno y lo malo, lo encontramos en la nueva versión de la cinta que, además, añade una capa de homenaje para satisfacer a los ávidos de nostalgia. Sus cuatro nuevas protagonistas no tienen nada que envidiar a Murray y Aykroyd en cuanto a su capacidad para hacernos reír y conquistarnos con su carisma, y la dirección de Paul Feig es tan similar a la de Ivan Reitman que más que un reboot de la saga se siente como una nueva entrega de la producción original.

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En Cazafantasmas conocemos a Erin Gilbert, profesora adjunta de física en una prestigiosa universidad de Nueva York que espera conseguir una plaza fija en las próxima semanas. Lo único que puede estropear su ascenso es la reciente reedición del libro sobre fantasmas no-demasiado-científico que publicó junto con su amiga del instituto Abby Yates. Cuando Erin va en busca de Abby para pedirle que retire el libro conoce a Holtzmann, la ingeniera junto con la que Abby ha continuado trabajando en sus teorías sobrenaturales.

Una aparición espectral de clase cuatro reúne a las tres mujeres empeñadas en demostrar que los fantasmas están deambulando por Nueva York. Con la llegada de Patty, una empleada del metro con amplios conocimientos sobre la ciudad, y de Kevin, un recepcionista no demasiado avispado, el grupo se verá completo y dispuesto a atrapar a todos los espectros de la ciudad.

Hablar de Cazafantasmas es hablar de sus cuatro protagonistas que hacen todo lo posible por evitar que te fijes es su más que flojito guión. Kristen Wiig actúa como la voz de la razón, mientras que Melissa McCarthy y Leslie Jones compiten por hacerse con el personaje más loco. Sin embargo, es Kate McKinnon la completa reina del espectáculo. Su Holtzmann, una ingeniera entre geek, rebelde y steampunk, no sólo tiene carisma para repartir sino un look y una actitud icónicas que estarán, sin lugar a dudas, entre lo más recordado de la película.

No podemos olvidarnos tampoco de Chris Hemsworth. Aunque Kevin, siempre en mi opinión (muy afectada, creo, por el pésimo doblaje), es un personaje algo pasado de rosca, Hemsworth tiene un par de frases brillantes y su simpatía natural ayuda a hacer tolerable lo que con otros actores se convertiría en odioso.

Al igual que sucede en la primera entrega, Nueva York y la cultura de la ciudad actúan como un personaje más y es difícil adivinar que el rodaje se ha realizado muy lejos de allí. Feig apuesta por un estilo visual que copia el de las primeras entregas, por lo que los fantasmas siguen contando con un aspecto ochentero que hará las delicias de los fans más puristas.

Hablando de puristas, hablando de fans, es impensable que los amantes de la cinta original, aquellos niños y niñas de los ochenta, no abandonen la sala con una sonrisa de oreja a oreja. Todo está preparado para hacerles recordar, desde cameos de todos los protagonistas originales hasta chistes referentes a otros taquillazos de la época de la laca. Cazafantasmas no sólo reinicia la saga original sino que homenajea a su época y a sus seguidores, por lo que brilla por encima de otros intentos de rentabilizar la nostalgia como podrían ser Jurassic World (2015) o The Karate Kid (2010).

Si mi yo preadolescente estuviera escribiendo esta crítica no me importaría decir que es una película genial, con escenas potentísimas —como la del concierto de rock— y chistes por doquier. Mi yo adulto, sin embargo, no puede dejar de ver lo mal hiladas que están unas con otras ni la poca originalidad de todas esas gracias.

Y es que, por más que unos no paren de llorar y otros —los feministas— intentemos defenderla, Cazafantasmas no deja de ser lo que es: una comedia para los que están hartos de pelis para niños pero aún no tienen edad para entrar a las más adultas. Una película para adolescentes a la que seguro hubiera ido mejor si todos no nos hubiésemos empeñado en politizarla. Lo bueno es que gracias a ella no son las niñas, por defecto, las que se tienen que acostumbrar. Ahora todos contamos con un modelo a imitar cuando gritamos a pleno pulmón que no tenemos miedo a los fantasmas.