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Especial Hayao Miyazaki (VII): El viaje de Chihiro y la cima mundial de Studio Ghibli

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El viaje de Chihiro es, más que una película, una experiencia. Hayao Miyazaki es el genio de la lámpara de la industria del cine de animación japonés, y solo necesitó chascar sus dedos para dar a luz a la que es quizás su gran obra maestra, y la que más importancia ha tenido, sin duda, en su carrera. Tuvo que ser Hollywood y su Academia (la misma que le había ignorado durante años) la que le diera la repercusión que merecía. Y es que ni siquiera el hermético sistema estadounidense pudo detener el arrollador torrente de ideas que promueve el director en su película, ya galardonada con un más que meritorio Oso de Oro de Berlín.

En honor a la verdad, no fue un Oscar gratuito el que ganó El viaje de Chihiro, pues Disney tuvo mucho que ver con su peaje, ya que para entonces había adquirido los derechos de distribución de Studio Ghibli a nivel mundial y tenía grandes planes para ellos. Algo que se truncó pronto ya que el gigante empresarial del ratón no consiguió todos los beneficios que pretendía, aunque sí unió su marca a otra de prestigio en un mercado complicado como el asiático, lo cual le otorgó beneficios difícilmente calculables, pero supongo que interesantes una vez que aún a día de hoy mantiene con prudencia su acuerdo en territorios estratégicos como Francia o los propios Estados Unidos.

Pero, más allá de eso, estamos hablando de una película que rompe todos los esquemas. Para los occidentales supuso una bofetada en la cara ante la escasez de ideas y poca altura de miras del cine de animación. Para los que conocían a Miyazaki, era la culminación de todo su ideario.

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La historia de cómo llegó a realizarse la película se remonta hasta 1998. Ese año, uno de los golpes más duros sacudió al estudio: el fallecimiento repentino, a los 47 años de edad, de Yoshifumi Kondô. El director de la maravillosa Susurros del corazón (1995) estaba llamado a ser con todas las letras el tercer eje de Ghibli junto a Miyazaki y Takahata pero, sobre todo, era su compañero y amigo desde hacía más de treinta años. Para Miyazaki fue una noticia tan traumática que se planteó muy seriamente la retirada, pues la muerte de Kondô estaba estrechamente relacionada con el infernal ritmo de trabajo que le había supuesto no solo dirigir su primera (y única) película, sino las fuertes responsabilidades que adquirió como supervisor de animación y diseñador de personajes en La Princesa Mononoke posteriormente. El desgaste era brutal, y la presión asfixiante de Miyazaki para que todo fuera perfecto, también.

Al fundador de Studio Ghibli esto le hizo pensar mucho, y algo cambió en él. Tras ver las terribles consecuencias en su propio amigo de una exigencia tan alta, pensó que debía tomarse las cosas con más calma. Ese año Miyazaki comenzó a perfilar un nuevo proyecto. Tras rechazarse una primera propuesta basada en el libro de Sachiko KashiwabaKirino Mukouno Fushigina Machi (Un pueblo misterioso bajo la niebla)”, lo intentó con otro al que llamó “Rin y el pintor de chimeneas“, sobre una heroína adulta. El productor Toshio Suzuki también se lo rechazó y, por fin, le instó a que hiciera algo para un público más infantil y juvenil. Suzuki (como casi siempre) no se equivocaba. Y es que lo del instinto de este hombre es digno de estudio.

Ya en los proyectos anteriores había estado presente la idea de una casa de baños termales y Hayao Miyazaki tenía claro que quería encajarlo de alguna forma. A partir de ahí empezó a germinar la idea básica de El viaje de Chihiro. Solo necesitaba armar el concepto y buscar algo que lo vertebrara, y lo encontró por casualidad cuando observó a la hija de 10 años de un amigo suyo que siempre le visitaba en verano. El director empezó a pensar en que realmente en animación no había películas para niñas de esa edad con las que se pudieran sentir identificadas. Así que tomó la decisión de que su protagonista iba a ser una niña normal de 10 años que se debía enfrentar a un problema que le hiciera evolucionar.

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Consciente o inconscientemente, la influencia de una novela inmortal como Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, se evidenció en el armazón básico de la historia que quería contar: Una niña caprichosa y mimada que se ve obligada a sobrevivir en un mundo mágico que le es hostil, y tomar sus propias decisiones para salir adelante.

El primero borrador que le entregó a Suzuki contenía argumento para más de 3 horas de metraje, ante lo que el productor fue inflexible pidiéndole recortar escenas de manera importante. Corría ya el año 2000 cuando el primer esbozo definido de la historia de El viaje de Chihiro se ajustaba a unas 2 horas de película. Era hora de ponerse a trabajar en la animación.

Como suele ser habitual en las películas de Hayao Miyazaki, el guión y la historia no estaban cerrados a la hora de coordinar el equipo y empezar a dibujar. El director siempre se ha guiado por la intuición (y mal no le ha ido), así que su forma de trabajo, pese a que pueda parecer un tanto caótica, es la de ir completando el devenir de la trama según se va realizando la animación y se avanza en el proceso de producción, aunque haya unas pautas preestablecidas. Para cualquiera sería un hándicap insalvable, pero el control absoluto de la obra y su liderazgo le permitían tomarse esa licencia, pues ya había demostrado que así era capaz de dar lo mejor de sí mismo.

Hubo un cambio fundamental en esta producción, y es que a Hayao Miyazaki no se le olvidó la enseñanza que había sacado del trágico fallecimiento de Yoshifumi Kondô, así que por primera vez decidió no asumir el control absoluto de todos los procesos del film que le exigían un desgaste y una presión inasumibles para casi cualquier mortal, y se centró “únicamente” en la dirección. Su mano derecha (y gracias al cual también Chihiro acabó siendo una obra redonda) fue Masashi Ando, un talentoso animador y creador que terminó muy quemado con Miyazaki por su tozudez y la imposición de sus ideas. Tanto que, pese al enorme éxito de la película, no volvió a trabajar en Studio Ghibli hasta asegurarse de que el genio de la animación japonesa se había retirado. Entonces sí, puso todas sus habilidades al servicio de la última obra hasta la fecha del estudio, estrenada este verano: When Marnie was there (Omoide no Marnie), dirigida por Hiromasa Yonebayashi.

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El 20 de julio de 2001 se estrenó por fin El viaje de Chihiro. Parecía imposible superar a su titánica producción anterior, La Princesa Mononoke, pero lo hizo. Indiscutiblemente en términos cuantitativos, y casi unánimemente en términos cualitativos. ¿Pero qué tiene El viaje de Chihiro para encandilar de esa forma? Probablemente magia, ingenio, pasión, novedad, aire fresco, emoción, misticismo, brillantez, belleza. La culminación de un creador único como es Hayao Miyazaki.

Chihiro es una niña de 10 años que no está demasiado entusiasmada con la idea de cambiar de casa. De camino en el coche, con sus padres, hacia su nuevo hogar, se desvían por una ruta desconocida que les lleva a la puerta de un misterioso túnel. Los padres no tienen ningún reparo en atravesarlo, pero ella tiene miedo. Sin saberlo, se están adentrando en un mundo paralelo que no se rige por las mismas normas del mundo real que conocemos. Cuando los incautos padres comen la deliciosa comida expuesta en un bar, pese a no tener permiso para hacerlo, y se convierten en unos dantescos cerdos, Chihiro queda irremediablemente atrapada en un mundo que no comprende, pero en el que debe salir adelante si quiere tener una oportunidad de volver a ver a sus padres y salir de allí.

Ese mundo de espíritus, dioses, brujas y dragones que crea Miyazaki es tan fascinante que uno no puede apartar la mirada. Todo es nuevo, cada descubrimiento embelesa más que el anterior. Detrás de cada puerta nos aguarda un nuevo hallazgo, y tras él, una nueva lectura de las infinitas que tiene el film. Chihiro tendrá que confiar en desconocidos, tendrá que creer en cosas increíbles y tendrá que demostrar que su voluntad puede contra todo tipo de impedimentos y tentaciones hacia la perdición. Pero el corazón de Chihiro es puro, y eso le salva ante cualquier dificultad en una realidad  dominada por el egoísmo de los que habitan la casa de baños para dioses y espíritus que concentra toda la actividad de ese mundo como si de una gran compañía industrial se tratase. Uno de los infinitos paralelismos sociales que retrata Miyazaki admirablemente.

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En esta película lleva a su máximo nivel una de sus constantes temáticas más celebradas, como son los personajes “buenos” que no son tan buenos (Haku y su otra cara como ambicioso aprendiz) y los “malos” que no son tan malos (Yubaba es una dictatorial jefa que, sin embargo, profesa un gran amor por su bebé… pero el director japonés riza aún más el rizo, pues le otorga una hermana que es su otra mitad, y que es aparentemente buena, pero no del todo: o el Sin Cara, un personaje apasionante lleno de matices). Miyazaki tiene un concepto mucho más abierto de la personalidad, no necesitar esbozar buenos y malos sin doblez para contar una historia. Tiene claro que las personas tienen lados buenos y lados malos, y que incluso las circunstancias pueden variar esas aristas. Y así lo refleja en sus personajes, aquí de manera magistral.

El viaje de Chihiro explora el mundo sobrenatural basado en el rico folclore japonés, para contar una historia de valores cotidianos que resulta universal. Valores que se olvidan en el día a día arrebatados por la rutina pero que todos, en mayor o menor medida, queremos recuperar. Son los sueños e ilusiones que despiertan en nosotros el amor puro, las motivaciones olvidadas, la lucha por lo que queremos y en lo que creemos…

Hablamos de una película de la cual cada segundo es analizable con enorme interés y profundidad, por lo que resulta inabarcable. El mejor consejo que te puedo dar es que cojas el DVD (a la espera del Blu-ray, que ojalá salga pronto en España) y degustes todos sus momentos, te introduzcas en la historia, acompañes a Chihiro una vez más (o por primera vez, si es el caso) en una aventura que la cambiará a ella, pero que también te cambiará a ti o, como mínimo, te hará reflexionar sobre multitud de cuestiones. Y, simplemente, déjate llevar con los cinco sentidos.

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Cada nota de la colosal banda sonora de Joe Hisaishi, cada piso en el ascensor camino del despacho de la temible Yubaba, cada encuentro con el misterioso Haku, cada acto desinteresado, cada tormentoso baño de hierbas, cada horrible dios pestilente, cada melancólico viaje en tren a Fondo del Pantano… El viaje de Chihiro es pura magia. El viaje de Chihiro es puro cine.

*Artículo original de:

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  • La película más especial de Miyazaki. Aunque es difícil decidirse sólo por una, puede ser mi película favorita de Studio Ghibli. Riquísima en matices, en detalles, una animación sublime… se podría estar horas hablando de la película. Genial artículo Álvaro, y muchas gracias por sumarte a nuestro aniversario y nuestro especial sobre el genio de la animación japonesa ^^

  • Horas, y horas, y horas se podrían pasar analizando cada uno de sus detalles, siempre me da cosa pararme a pensar en un aspecto de la película y decir “la de cosas que se podrían decir e investigar sobre esto”. Es una película tremenda en todos los sentidos y, para mí, una de las que más me ha impactado en mi vida. Difícilmente superable, logró lo imposible que era traspasar fronteras y cambiar un poco el concepto que se tiene de la animación japonesa (barata, violenta, etc.). Un clásico que no cansa revisar. Felicidades por vuestro tercer aniversario, a todo esto! 🙂

  • Amo esta película simplemente jaja como otras “el castillo ambulante”.

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