Tras el éxito cosechado con sus dos primeros largometrajes, Solas (1999, ganadora de 5 Goyas sobre 11 nominaciones y el Premio de Público en el Festival de Berlín) y Habana Blues (2005, 2 Goyas a mejor montaje y banda sonora), Benito Zambrano se atrevió en La Voz Dormida con la siempre difícil tarea de adaptar una novela al cine.
Contaba para ello con una historia magistral y perfectamente documentada de la que él propio Zambrano confiesa quedó prendado tras leer la novela de un tirón en una noche. Y es que su autora, Dulce Chacón, pasó cuatro años recopilando historias de mujeres apresadas por el regimen franquista en los años posteriores a la conclusión de la guerra civil española. Mujer de izquierdas y comprometida, quería darle a aquellas mujeres que no fueron oídas en su momento la oportunidad de contar su historia, publicada en 2002, poco antes de morir prematuramente -tan solo 49 años- a causa de un cáncer de páncreas.
El argumento nos traslada al Madrid del año 1941, lugar al que llega Pepita (María León), una joven cordobesa, para estar cerca de su hermana Hortensia (Inma Cuesta) que, embarazada y en prisión, ha sido juzgada y condenada a muerte aunque la ejecución ha sido aplazada hasta después del parto. Pepita intenta por todos los medios que le rebajen la pena al tiempo que se enamora de Paulino (Marc Clotet), un valenciano de familia burguesa que junto con el marido de su hermana lidera un grupo de maquis que sigue luchando contra la dictadura en la sierra de Madrid.
Contando con una buena ambientación del Madrid y la España de la época, una muy adecuada banda sonora (Goya a Mejor Canción) y una puesta en escena, fotografía e iluminación sobresalientes -algo habitual en el cine de Zambrano-, el plus de calidad sobre otras obras de similar temática reside en el gran acierto de casting en el lado femenino, el que soporta el peso narrativo y dramático de la historia. Sobria Inma Cuesta -mejor de lo que me esperaba de la protagonista de la floja, flojísima Águila Roja-, destacable Ana Wagener -Goya a Actriz Secundaria-, y sobre todo inmensa la actuación de María León, apabullante, que sabe dar en todo momento la espontaneidad, inocencia y naturalidad necesaria a su personaje -lo que la hizo merecedora de la Concha de Plata en San Sebastián y el Goya a Actriz Revelación-, siendo los momentos en que ella aparece cuando más consigue la película enganchar, emocionar y atraer al espectador.
Y es que junto a sus virtudes La voz dormida cuenta, claro, con varios “peros” en su haber. El primero viene derivado, no podía ser de otra forma, de la dificultad de adaptar una obra literaria a la gran pantalla: el relato original presenta múltiples pasajes con historias de otras presas y mujeres que enriquecían la novela. Por razones de duración Zambrano se vio obligado a eliminar o reducir casi totalmente esas tramas secundarias y centrarse en la historia de las dos hermanas. Esa poda ha sido contraproducente dejando un relato en ocasiones algo plano máxime cuando ya conocemos desde el principio gran parte de los acontecimientos del clímax final, haciendo además que los personajes secundarios pierdan fuerza y queden desdibujados y totalmente relegados.
Junto a eso, el sempiterno problema de la caracterización básica de protagonistas y antagonistas, con franquistas completamente malvados y gentes de izquierdas nobles, luchadoras y de buen corazón totalmente nobles. Este hecho solo es salvado en el personaje de la funcionaria de prisiones interpretado por Ana Wegener, único que presenta ciertas ambivalencias e intentos por entender a sus respectivos antagonistas. Cierto que tanto Zambrano como Chacón tomaron partido desde el primer momento de su historia, pero incluso tomando partido, evitar crear “clones en serie” que sigan un patrón predefinido no solo da una mayor riqueza a lo que se cuenta, sino que lo dota de una mayor credibilidad. Y no nos olvidemos que estamos hablando de hechos reales, que le fueron narrados a Chacón por sus protagonistas.
A pesar de estos errores, comunes en adaptaciones y películas de este género (alguna vez alguien tendrá que poner empeño en solventarlas y hacer un film redondo, sobre todo cuando se tiene una gran historia con el que trabajar, como era el caso), La voz dormida deviene en un canto a favor de la paz, la dignidad de las personas, la libertad, el amor y la vida. Criticada por algunos por su excesivo dramatismo y dureza en ciertos momentos, en mi opinión eso no solo lo que más la diferencia de intentos bienintencionados pero fallidos como Las trece rosas -donde el afán por “desdramatizar” la situación derivó en increíbles momentos de pastel donde una prisión parecía el jardín de infancia o un camping vacacional- sino que le otorga un plus de credibilidad que te identifica más con la historia. Y es que a ver si alguien me explica sino de que forma “no dramática ni dura” puede representarse la vida de un preso político que teme que su juicio, a celebrarse sin garantías ni posibilidad de defensa real o apelación, le haga ser fusilado en pocos meses.
Así pues, objetivo logrado el de conseguir una película interesante, emotiva y que, ante todo, supusiera un homenaje a esas mujeres que padecieron y murieron en un país donde la guerra siguió durando y cobrándose víctimas mucho tiempo después de que oficialmente terminase.
Desde hace bastante tiempo se vienen oyendo voces contra la creación de películas ambientadas en el periodo de la guerra civil española o el inmediatamente posterior. No estoy de acuerdo. A pesar de que muchas caigan en el maniqueísmo o la búsqueda de la lágrima fácil, ni deben haber períodos vedados (¿quién y porqué motivos quiere eso?) ni juzgarse una película por la temática que trate o comprometerse con una determinada forma de pensar o ver la vida. ¿Mejorable? Como todas, incluso las grandes obras maestras. Pero lo importante es que esté bien hecha y que sepa transmitir, y La voz dormida, pese a esos errores que ya hemos comentado, lo hace. Salí satisfecho del cine tras ver, para mi gusto, una de las mejores películas españolas de 2011.










