Objetivo Cine

Críticas: Nader y Simin, una separación

Manuel Castellano 4 junio, 2012

Que el cine iraní siga regalándonos buenas películas ya no es novedad. Las hornadas de cine de este país hace ya tiempo que dejaron de depender de los fogonazos de genialidad de Abbas Kiarostami (¿Donde está la casa de mi amigo? o El sabor de las cerezas entre otras) y Mohsen Makhmalbaf (Gabbeh, Kandahar) para mostrar el buen hacer de Irán en el mundo del cine. Ya en la influyente saga Makhmalbaf encontramos a su mujer Marziyeh Meshkini (The day I become a woman)  y con mayor o menor fortuna a sus dos hijas, Samira (La manzana, A las cinco de la tarde) y Hanna Makhmalbaf (Buda explotó por vergüenza). Pero al márgen de ello en la última década han despuntado otros grandes autores como Majid Majidi (El color del paraíso o la preciosa Baran) o Asghar Farhadi, de cuya última película, Nader y Simin, una separación hablaremos hoy.

Cansados de las pocas expectativas que les depara Irán, el matrimonio formado por Nader y Simin decide emigrar en busca de una vida mejor junto a su hija Termeh. Pero cuando todo está casi listo para marchar al padre de Nader le diagnostican Alzheimer, lo que le hace cambiar de idea para poder cuidar de él. El brusco cambio de situación desemboca en la ruptura del matrimonio, marchándose Simin a vivir con sus padres. La situación se complicará más aún cuando Nader, que se ha quedado con la custodia de Termeh, contrate a una mujer para ayudarle con el cuidado de su padre. Lo que no sabe es que la mujer está embarazada ni que trabaja sin el consentimiento de su perturbado marido.  Un día, al llegar a casa, se encuentra al anciano atado a la mesa. A partir de ahí su vida y la de su hija dará un vuelco adentrándose en una maraña de mentiras, manipulaciones y enfrentamientos.

La historia, aunque sencilla, está narrada de forma brillante haciendo que pequeños acontecimientos, que parecen carecer de importancia se acaben mostrando imprescindibles para el relato. Farhadi transmite perfectamente la tensión de los dos matrimonios, ambos en un inevitable proceso de enrarecimiento y descomposición, teniendo el gran acierto de no caer en maniqueísmos que restarían credibilidad y lucidez a su propuesta, y presentando  a unos personajes tal cual son, sin tomar partido ni pretender llevar nuestra empatía hacia alguno de ellos en concreto: todos tienen sus razones para actuar como lo hacen, así como sus debilidades, temores y cargas de orgullo. Son personajes absolutamente reales algo que, si bien viene favorecido por un buen guion, se asienta sobre todo en las magníficas interpretaciones protagonistas -merecedoras de sendos Osos de Plata a mejor actor y actriz en la Bernilane 2011-, llenas de naturalidad y credibilidad hasta el extremo de que en ocasiones nos parece estar mirando a través de una ventana lo que ocurre en una casa cualquiera.

Junto a ello, la película nos muestra una visión naturalista y un tanto crítica de la sociedad iraní actual (algo que ha hecho que Farhadi, al igual que ocurre con Kiorastami y otros muchos cineastas del país estén en el punto de mira del régimen, ya sea mediante presiones, censuras e incluso encarcelamiento). Así vemos una Teherán que no es en esencia demasiado diferente de cualquier otra gran capital, si bien tiene a la religión mucho más presente que en el occidente europeo. Pero el hecho de ser una teocracia se nos deja ver en los pequeños detalles, tales como vestimentas, expresiones o peinados, y ante todo en el  contraste ideológico entre un matrimonio de clase media que se separa de mutuo acuerdo pese a que el hombre no lo desee y el de  la cuidadora, de clase baja, donde ella se mantiene sumisa y sufre al dudar de su cumplimiento estricto del Islam. En definitiva, muestra como las diferencias sociales se encuentran muy relacionadas con el mayor o menor  cumplimiento de las leyes religiosas, a las que se aferran también aquellos tradicionalistas que se han visto especialmente favorecidos por el actual orden de las cosas. En esencia, y salvando un poco las distancias, algo muy parecido a lo que hace no demasiado tiempo -tal vez menos del que pensamos- llamábamos aquí “la España profunda”. Sólo que en Irán.

Junto a sus indudables aciertos, Nader y Simin posee sus defectos. El más destacable es seguramente uno de los grandes “peros” del cine iraní en general:  la larga duración (123 minutos en este caso) de sus creaciones, muchas veces disonantes con una historia sencilla (que no simple) y que se une a su particular forma de entender el cine en Irán, donde el relato reincide múltiples ocasiones sobre los mismos temas. Este defecto, que me ha llevado a profundísimas y reparadoras siestas en películas aclamadas por prensa y crítica como Buda explotó por vergüenza, no es tan demoledor aquí, si bien en algunos momentos menos redundancias en hechos ya observados y un metraje menor habrían, en mi opinión, mejorado una película ya de por sí recomendable.

Brillantes actuaciones, una historia sencilla pero cuidada y que paulatinamente atrapa tu atención y una más que notable fotografía se unen pues en una película bastante recomendable -aunque no apta para todos los públicos, algunos no masticarán bien este tipo de cine, más pausado y expresivo que de acción constante- que ha sido una de las grandes triunfadoras del pasado 2011:  los premios Oso de Oro, César, Globo de Oro y Oscar a mejor película extranjera así como la nominación también al BAFTA en esa misma categoría y Oscar al Mejor Guion Original, unidos a otros múltiples galardones de cine independiente y crítica así lo muestran. Muy recomendable.

8

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